En esta época del año, permanecemos en espacios cerrados y calefaccionados que secan nuestra piel, por lo que mantenerla hidratada resulta imprescindible.
El invierno no llega una sola vez en el año. Al igual que todas las demás estaciones, existe una distinción entre su duración astronómica —en el caso del invierno, el período comprendido entre el solsticio de diciembre y el equinoccio de primavera— y la meteorológica, que abarca la totalidad de los meses de diciembre, enero y febrero. En otras palabras, el invierno ya se ha hecho notar, con las bajas temperaturas que lo caracterizan y con unas condiciones meteorológicas que afectan, antes que a cualquier otra parte del cuerpo, a nuestra piel.
Esta capa externa que funciona como una barrera entre nuestro organismo y el resto del mundo requiere una especial protección durante esta época del año. Si bien los rayos del sol no inciden sobre ella como ocurre en verano, el bajo grado de humedad de los espacios interiores calefaccionados que habitamos tiene un impacto. También el frío en sí mismo, que puede conllevar una mayor irritación a nivel epidérmico.
Combatir la sequedad
Durante los meses fríos, la piel puede resecarse debido a las condiciones del aire en el que nos encontramos. El frío, junto con las calefacciones, que producen un aire caliente pero seco, contribuyen a esto.
Uno de los motivos por los que las estancias calefaccionadas pueden resecar la piel es que el calor evapora el agua presente en la superficie de la piel. Pero no es el único. En invierno, la piel también produce menos sebo que en verano. Esta deshidratación, sumada a la menor secreción de grasa, puede hacer que notemos esa sequedad, sobre todo en manos, codos o piernas.
A medida que envejecemos, esta sequedad se hace más patente, ya que perdemos poco a poco la capacidad de la piel para producir ese sebo que le ayuda a mantenerse hidratada. Algunas zonas son particularmente sensibles, como los labios, que sufren de manera especial esta sequedad porque su piel es más fina que la de otras partes del cuerpo.
La solución pasa por incorporar esta hidratación que el organismo pierde de manera tópica. En otras palabras, aplicar cremas o lociones hidratantes. Cabe señalar que hidratar y humectar no son lo mismo: la hidratación se refiere al aporte de agua a la piel, para mejorar su capacidad de absorber nutrientes, mientras que la humectación consiste en retener la humedad para reforzar la barrera natural que protege la epidermis de la pérdida del agua. Una crema adecuada suele incluir ingredientes que cumplen ambas funciones.
La elección del producto se puede basar en aspectos sensoriales para ayudarnos a incorporar este paso a nuestra rutina diaria. La mejor crema es la que tú te vas a querer aplicar porque es agradable ponértela. En muchos casos, si es muy pastosa o untuosa, no es tan agradable. En este sentido, recomiendo guiarse por la comodidad del uso.
Más allá de estas preferencias, hay algunos ingredientes que podemos buscar en las cremas que utilicemos, que nos van a ayudar a reducir la sensación de sequedad. Como es el caso de las ceramidas, el ácido hialurónico, la manteca de karité o urea hasta un 10 %.
A nivel nutricional, intentar que la dieta esté cargada de vitaminas en esta época del año nos protege no solo de las enfermedades infecciosas, sino de problemas vinculados a la piel, como el enrojecimiento o la irritación. Las vitaminas A, E y los omega-3 son los nutrientes más adecuados para evitar estos problemas.
Rutina del baño
La ducha es un momento clave para empezar a prevenir la sequedad de la piel, sobre todo durante el invierno. En esta época del año, tendemos a bañarnos con agua más caliente. Sin embargo, es mucho mejor que la ducha sea con agua tibia y con un jabón que sea sin detergentes, enriquecido con aceites. Debemos lavar sin frotar, aclarar bien y secar sin hacer fricción antes de aplicar la crema.
Para que la piel no se resienta en esta época del año, lo ideal es no exceder el límite de una ducha diaria. Si no podemos evitar usar agua caliente, al menos, recortar el tiempo bajo el agua puede ser beneficioso.
Los labios, la piel más delicada
La piel de los labios, como hemos visto, es especialmente sensible al frío. Para protegerlos, aconsejo evitar chuparlos o pasarse la lengua, ya que esto puede irritar aún más el tejido. Evitar respirar por la boca es importante también, intentando que la mayor parte del tiempo lo hagamos a través de la nariz, reducirá la exposición de esta piel al aire seco del invierno y de los ambientes calefaccionados.
A la hora de salir a exterior, podemos usar un protector labial untuoso, rico en manteca de karité y, a poder ser, que cuente con protección solar, como mínimo, un FPS 50. Solemos olvidar aplicarlo en los labios y no tenemos en cuenta que esta es una zona que tiene cáncer de piel. No debemos olvidarnos de que los cánceres en los labios son muy graves. Asimismo, el uso de bufandas y guantes protege la piel no solo del frío, sino también de la sequedad.
